Cine, cuna de soñadores

Bienvenidos cinéfilos, apasionados y soñadores a este modesto blog.
Espero que, al menos, les haga tener más sed de cine.

sábado, 27 de julio de 2013

La Muerte y la Doncella

Un título más que apropiado para esta película. Mejor dicho, para la homónima obra original. Pero, ¿quién soy yo para alabar las ocurrencias de Ariel Dorfman? Una ingrata coincidencia es que "La muerte y la doncella" sea al mismo tiempo una pieza de Schubert utilizada para la tortura psicológica, y alegoría de la relación macabra entre Paulina y el Dr. Miranda.
Ésta ha sido una de esas historias que me dejan rota por dentro, temerosa de la vida y de sus caprichosos devenires, desprotegida y consciente de la fragilidad de nuestro destino. Ahora que las cosas se encuentran tan caldeadas en materia política y social, aquí en España, ver esta cinta por primera vez ha causado estragos.
Tenemos en común la película y yo:
1. Un pasado fascista.
2. Un presente convulso.
3. Un futuro incierto.
3. Muchas ganas de avance y cambio a mejor.
4. Deseos irrefrenables de acabar con una clase política corrupta, arrogante y criminal.
5. La indefensión del individuo ante un anquilosado sistema político, económico y social.
6. Ah, que no se me olvide algo también importante. Una sociedad muy machista.

Paulina, la doncella de Polanski, fue un juguete, más que otra cosa; más que una víctima de las circunstancias socio-políticas de ese país sudamericano sin determinar, que nos enseña Polanski desde el porche de una casa en mitad del campo, junto a un acantilado. ¿Dramático, eh? Ariel Dorfman, el chileno autor de la obra original "La muerte y la doncella", no hace referencia en ningún momento al país en el que tienen lugar los hechos pero, asumimos que Chile es el escenario y los años post Pinochet, el con contexto histórico.
Paulina fue secuestrada en su juventud por uno de los brazos del régimen chileno. Ocurrió porque sabía muchas cosas, porque tenía en su conocimiento los nombres de aquellos que suponían un peligro para los señores de la dictadura. Se la llevaron para que hablara y para conseguirlo, harían lo que fuera. Sin embargo, otras muchas cosas le pasarían a Paulina al margen de la extracción de información.

Parece ser que una mujer atada de pies y manos sobre una mesa es algo demasiado suculento como para dejar pasar la oportunidad. La oportunidad de jugar un poco a ser Dios, de sentir el poder absoluto sobre otra persona sin tener que dar ninguna explicación, sin tener que pedir perdón, sin que nadie te mire recriminante y, en definitiva, sin tener que sentirte culpable por ello.
¿Cuándo iba un hombre como Miranda a tener una ocasión así de ser el amo y señor de aquellas criaturas totalmente indefensas, expuestas y agradecidas por el más mínimo gesto de benevolencia? Esas mismas que en la vida real le hubiesen ignorado, humillado y rechazado, ¿cuándo? La idea de poseerlas gratuitamente, sin pagar ningún precio a cambio, como su buena familia le habría enseñado que debía ser, era demasiado tentadora como para dejar que se diluyera como el resto de deseos prohibidos.

Claro que, jamás imaginó que los caminos de la Muerte, representada por el Dr. Miranda, y la Doncella Paulina se volverían a cruzar pero en circunstancias muy diferentes: como personas civilizadas, respetables y cordiales, conocedoras de las normas sociales y cívicas. Tampoco contó Miranda con que se le había metido tan dentro a Paulina que, simplemente su voz, avivó en ella el recuerdo de todas y cada una de las perrerías que el honorable doctor le había hecho años atrás. Y, por supuesto, nunca lo hubiera creído el médico de los interrogatorios si alguien le hubiese dicho que una de sus pacientes se encargaría de juzgarle y hacerle confesar, por mucho que se escondiera tras una cara decente e inocente.

-La muerte y la doncella. Roman Polanski.-


lunes, 22 de abril de 2013

Los chicos están bien. No se drogan, que ya es mucho.

Papá y mamá; mamá y mamá; papá y papá, o papá y la tita después de que mamá falleciera (una interesante veda abierta por "Médico de familia"); ¿qué más da, si los hijos se les van a idiotizar igualmente al llegar a la adolescencia? Como a todos. Se van a emborrachar, contestarán sin piedad a unos padres desorientados, van a creer que saben más que nadie, que ya son adultos sólo por alcanzar la mayoría de edad. Empezarán a romper reglas, a admirar a los iconos equivocados, a vivir cada ínfima cosa que les pase como si fuera lo más intenso del mundo. Se acostarán con quien no deben, o con quien deben pero sin cuidado, o demasiado pronto. Como todos. Y eso es precisamente lo mejor de la película, que por una vez parece que se ha contado una historia que reivindica o manifiesta la normalidad en las vidas de las parejas homosexuales, ¡sin hacerlo en realidad!
-Explícate, mona-
Los chicos están bien es una película que habla sin gritar, relata con mucha tranquilidad y naturalidad los acontecimientos que les van sucediendo a una familia, con dos madres y dos hijos. Se podría decir que sólo expone el ámplio retrato de sus miembros con la excusa de un enredo bastante caótico, por supuesto sexual, además de familiar. Es decir, que la película rehusa vocear a los cuatro vientos que las parejas gays tienen derecho a casarse, tener hijos, un  perro y una hipoteca (que por otro lado, hay que tener ganas), sino que simplemente nos abre una ventana a la vida diaria de estas personas:
amor, roces, enfados, cuernos, esfuerzo, disciplina, miedos, complejos, celos y cariño. Sobre todo, cariño.
Pues eso, como todos, como todas las familias con padre y madre, madre y madre, padre y padre o padre y tía (hermana de tu madre fallecida. Vamos, Lidia Bosh).
Se van a pelear igual, se van a dar pellizcos en el culo durante el desayuno después de una noche romántica, van a mantener a los hijos a raya o lejos de las rayas, se harán los modernos delante de los más jóvenes, quitarán las manchas imaginarias de las caras de sus hijos a golpe de saliba y preguntarán adónde vas, con quién vas y cuánto tiempo te vas. Como todos, absolutamente como todos los demás.
Así que, ¿qué más da? Si los chicos están bien, lo demás no importa.

-Los chicos están bien. Lisa Cholodenko -

martes, 9 de abril de 2013

No es ciudad para ingenuos

"Todo el mundo me está hablando
no oigo una palabra de lo que dicen
sólo los ecos de mi mente.
La gente parada y mirando
no puedo ver sus caras
sólo las sombras de sus ojos..."

Harry Nilsson lo explicaba de manera muy sencilla, algo figurativa y simbólica, pero al fin y al cabo, transmitiendo la esencia de lo que era vivir en una gran metrópolis. Ríos de gente, personas de carne y hueso, vivas, que se mueven por la ciudad sin tener el mínimo contacto humano con aquel que pasa por su lado. Todos hablan y miran, pero nadie dice ni ve nada. Es la deshumanización de las grandes urbes, sea la que sea.
Son demasiados en número y limitado el espacio que compartir así que, a nadie le temblará el pulso si tienen que echarte a la cuneta en beneficio de la propia supervivencia. En definitiva, una jungla en la que habrá que defenderse en la mayoría de los casos y pelear con uñas y dientes en algunos otros.

Nueva York, la gran ciudad por excelencia, donde todos tus sueños se pueden hacer realidad, donde las oportunidades caen del cielo y únicamente hay que estirar el brazo y agarrar una para triunfar. "El Sueño Americano", maravilloso, flamante, de una belleza tan cegadora que solamente una vez se está al borde del abismo vuelve a nuestros ojos la cordura. Muchas películas desde los años 60 se encargaron de desmitificar, o más bien, destripar al sueño americano: una bonita mentira que empezó a desmoronarse más o menos después de la Guerra de Vietnam. Sueños rotos esparcidos por cada rincón de Estados Unidos y en mitad de todos ellos, trayendo sabia nueva a la ciudad, aparece el bellísimo e inocentísimo Joe Buck, totalmente preparado y listo para la lluvia de desesperanzas que le caerá encima.
Pronto se dará cuenta de que más que perseguir sus sueños y buscar el éxito y la fama, deberá despabilarse lo antes posible, dejar de ser el jovencito risueño, cowboy de pueblo, y empezar a buscarse la vida. Todavía Joe tendrá una ínfima oportunidad con la ayuda del gran superviviente de nuestra película, Rico Razzo, interpretado por Dustin Hoffman, por el que me quitaría el sombrero si lo tuviera (el tejano, claro). Su personaje, el más maltratado de la trama, engullido, masticado y escupido por la alucinante Nueva York.

Espero que, ahora que tantos de nosotros nos estamos marchando de nuestros pueblos, nuestras ciudades, ambientes familiares y lugares seguros, no nos pillen tan desprevenidos las grandes urbes del mundo. A sacar las uñas se ha dicho, ahora toca sobrevivir.






-Cowboy de Medianoche. John Schlesinger-

domingo, 11 de marzo de 2012

Reino Animal


He aquí otra de esas cintas que terminan y te dejan con la mirada clavada en los créditos mientras pasan hipnóticamente de abajo a arriba, emergiendo lentamente y como atraídos por la parte superior de la pantalla. Una de esas que hacen que te ensimismes profundamente como uno rara vez hace y cuestionarte en qué clase de mundo vivimos o en qué momento volvimos a ser animales, si es que alguna vez dejamos de serlo.
Animal Kingdom no podía tener un título más acertado y sugerente. La obra del primerizo David Michôd nos pone sobre aviso acerca de una manada de leones, aparentemente juguetona y a lo mejor, algo más traviesa de lo normal. Estos australianos no son malos, sólo son simples supervivientes de la jungla que han tenido mala suerte en algunas de sus travesuras. Ese es el retrato principal, el que se va formando en la primera mitad de la película. El director quiere que los conozcas, que simpatices con ellos o que simplementes empatices, que los llegues a entender para que, cuando el reino animal muestre la verdadera crueldad de su existencia, se te agarre un pellizco al estómago que no se soltará en días.
De nuevo, la condición humana y sus sorpresas no tan impredecibles, porque es una de esas pelis en las que es totalmente inevitable pensar que "se masca la tragedia". Puede sonar a topicazo pero realmente resulta imposible quitarse esa incómoda sensación de que, a pesar de la absurda normalidad con la que trascurren los acontecimientos, en cualquier momento caerá la desgracia como surgida de ninguna parte.
A partir de ese instante comienza el movimiento de zarpas y mandíbulas afiladas, mientras el cachorro recién acogido se debate entre la lealtad a su familia y el conservar sus aun frágiles valores. No le sirvió de mucho a la madre del cachorro el mantenerlo alejado de la jauría durante tantos años, en un intento por salvarlo de todo el mal que allí flotaba. Aunque poco a poco llegamos a descubrir que lo más probable es que la madre del joven Josh ansiaba sobre todo distanciarlo de la gran leona, de la matriarca que tan cándida se nos muestra y que desde el principio intuímos la jefa de toda la manada. Ella, la abuela, tan amorosa con sus criaturas sin apenas ponerles límites en nada, que tanto se desvive en cariños y afectuosos besos en la boca a sus vástagos. Ella, con sus ojos tan engañosos, escalofriantes a la vez que dulces, la matriarca de la jauría, la que desde un segundo plano maneja y soluciona los hechos emergentes, a la que todos quieren y a la que todos temen, la cabeza de familia.
Su propia hija, la única fémina de la familia, quien tiene una intensa aunque ausente presencia ya que representa el símbolo de la salvación para uno solo de los varones, el nieto de la gran jefa. Y casi lo consigue. Su pronta retirada del juego haría que el adolescente Josh acudiera a la única familia que tenía, a su abuela. Desde ese momento es aceptado en la caterva como uno más, como el más inexperto al que hay que enseñar las reglas, al que amar aunque también exigir responsabilidades como miembro del clan.
Es alentador ver cómo un amor adolescente casi consigue sacarlo de tan pelligrosa senda. Sin embargo, no debemos nunca menospreciar la intuición de una mente creada para el mal y el crimen, como es el caso del hermano mayor, primogénito de la cabeza de la camada. Él se encargará de arrancar de cuajo la más mínima esperanza.
En medio de este hatajo de criminales, en el que uno es claro líder aunque un enfermo, otro es inteligente y sensato, otro es un cobarde y el último es simplemente un fiel seguidor de sus queridos hermanos, se encuentra el pequeño leoncio. Perdido, desquiciadoramente inexpresivo, y asustado pero sintiendo como algo latente y vivo le crece desde dentro: su instinto depredador, el más alejado de su lado humano.
¿Qué hará el joven "J"? Porque esto es una evidente lucha interna entre lo que está bien y lo que está mal, entre la descarnada supervivencia y la honradez.
¿Os la váis a perder?

-Animal Kingdom. David Michôd-

martes, 1 de noviembre de 2011

Mientras funcione...perfecto


Lo que sea que funcione, cualquier cosa que sirva para ser felices. Supongo que eso trata de decirnos Woody Allen a través del protagonista de "Si la cosa funciona" traducción con la que por cierto no estoy nada de acuerdo ya que "Whatever works" significa en realidad cualquier cosa que funcione, lo que sea que sirva. Esto sí tiene sentido en relación con la película que acabo de ver y que me ha dejado un magnífico sabor de boca, refrescante y optimista, transmitiéndome que puede que la vida sea mucho más fácil de lo que nosotros nos empeñamos en pintarla.

Las creencias más arraigadas a nosotros, las más profundas convicciones, la educación que hayamos recibido desde muy jóvenes, no sirven para nada si no nos dejan ser felices. Debemos ser capaces de desechar todo aquello que nos suponga un lastre en nuestras vidas, si la cosa falla no nos podemos obcecar en lo que un día alguien nos dijo que nos convenía. En nuestro caso creo que las pautas recibidas habrían sido: sé bueno y no destaques mucho, estudia, busca un trabajo, una pareja, compra una casa, ten hijos y trabaja toda tu vida para ellos enseñándoles a su vez el modelo que deben seguir, el mismo que todo el mundo. Y eso que no nos ha tocado uno todavía peor como el prehistórico: sé cristiano y obediente, estudia, ve a misa, cásate, olvida tus aspiraciones y quédate en casa con tus cinco hijos (en le caso femenino) o trabaja hasta no poder más cada día para sacar adelante tú solo a tu mujer e hijos (en el caso masculino), etc, etc. No me extraña que los burdeles estubieran hasta los topes de hombres casados y las esposas hasta las cejas de valiums o vino tinto.

Creo que es una trampa mortal; sí, mortal, no exagero lo más mínimo porque si lo pensamos es muy tarde cuando te das cuenta de que la vida casi ha pasado y no has hecho lo que verdaderamente deseabas. ¿Seguro que era eso lo que querías estudiar? ¿Seguro que querías estudiar? ¿Seguro que querías casarte a los 20? ¿Seguro que pasarte la vida trabajando sin descanso ni oportunidad de él para no perder todo lo conseguido era lo que deseabas? ¿Cómo consiguieron hacer pasar todo esto por sueños cuando a mí me suena a esclavitud?
Nada de esto tiene sentido si la felicidad no asoma las orejas por ningún lado, es absurdo y muy cruel. Cualquier cosa que nos sirva para ser felices con la única excepción de que no sea a costa de nadie, es lo único que cuenta y así nos lo dice Allen.
Has sido toda tu vida una esposa devota y sacrificada pero lo que realmente te hizo feliz al final era el arte y convivir con dos hombres. Todos te dijeron que debías ser un orgulloso cabeza de familia pero lo que finalmente te hizo feliz fue el amor masculino.
Para ser felices, cualquier cosa que funcione.

-Si la cosa funciona. Woody Allen-

jueves, 22 de septiembre de 2011

Poesía para la autodestrucción


La poética Fight Club. Filosófica. Tan genial que hace que me pregunte de qué cabeza sale una historia así o pensar que su creador se encuentra a otro nivel de inteligencia y transgresión. Desde luego ha sido todo un regalo para esta noche aburrida, desvelada y repleta de morralla televisiva. A punto estaba de tirar la toalla y perder la fé en la humanidad cuando, de repente, aparece como caído del cielo el nombre de Helena Bonham Carter en una tipografía y con una melodía de fondo tan características que han dibujado una sonrisa en mi cara de inmediato. El Club de la Lucha, sí señor. La verdad es que últimamente las noches están que se salen; Pulp Fiction, Matrix, Fargo y nada menos que Jackie Brown aunque por la mañana esta vez, doble gozada.

"No somos especiales, somos la mierda andante y danzante de este mundo. Evolucionemos, autodestruyámonos". Ahora lo entiendo, lo hice cuando hablaba de plantar maíz sobre el asfalto ya inútil y de trepar por gruesas lianas adheridas a los rascacielos. Destruyamos el absurdo y esclavizante mundo que nosotros mismos hemos creado y empecemos de nuevo a vivir como seres humanos libres y autosuficientes. Aunque para ello debemos liberarnos nosotros mismos de aquello a lo que nos hemos atado, cosas que creemos de vital importancia en nuestras vidas y no lo son. Mascarillas de pelo, zapatos, lámparas de diseño, televisión de pago, teléfonos móviles que te sacan hasta del último apuro que uno se pueda imaginar. Cosas, objetos inanimados que nos someten a un día a día basado en la dependencia que nosotros mismos nos hemos impuesto.

Es curiosos como una película te puede llevar a la cuestión, ¿cómo hemos llegado a esto? ¿En qué momento la raza humana empezó a convertir objetos e ideas sin el más mínimo significado ni importancia reales en necesidades básicas? Y soy la primera en reconocer que si me quitan internet me quitan la vida.
El club de la lucha parte de una idea sublime, es un acto de amor destructivo, es asquerosa y violenta y es dulce poesía recorriendo nuestros sentidos. Es la utopía más preciosa que jamás se ha pensado y me doy cuenta ahora, la tercera vez que la he visto. Ya me pareció brillante la segunda, porque la primera no la entendí del todo, para ser sincera. Pero esta vez tenía todos mis sentidos puestos en la historia y he disfrutado cada detalle intencionado, cada calculada frase pronunciada en su exacto momento. Desde que aparecía un extraño flash con la figura de Brad Pitt anunciando que el cambio se estaba produciendo, como en las proyecciones cinematográficas, hasta cuando se vio que los protagonistas (persona real y alterego) tenían todo su pasado en común a pesar de ser la noche y el día. Comedido, aburrido, trabajador, consumista, acomodado, cobarde, atrapado y convencido de esa sociedad en la que participaba cada día sin rechistar. Pero no podía dormir, algo iba mal, no encontraba paz, así que recurrió a alguien que fuera todo lo que él no podía ser. Más bien, lo inventó para que le sustituyera o estuviera con él para hacer todo lo que ansiaba y no era capaz de llevar a cabo por sí solo.

Un club para luchar. Aquello no era un club clandestino de boxeo, ni servía para demostrar quién era el más fuerte o ganar mucho dinero. Allí se iba a tocar fondo, a librarse de todo el lastre que poco a poco nos vamos echando a la espalda durante nuestra inmersión diaria en la sociedad. El fin era despojarse del valor, la hombría, la ira y cualquier cosa que podamos relacionar con una pelea y estar dispuesto a recibir un buen puñado de hostias y entonces, de ese modo, experimentar humildad. Este era el paso que hacía falta dar para que, desde lo más bajo de la condición humana, liberados de pretensiones, orgullos y dignidades postizas, surgiera un proyecto de corazón y sincero de autodestrucción.
Dicho proyecto o misión perseguía devolverle a la humanidad la libertad de ser quienes quisieran ser, de empezar de nuevo, de elegir. Al principio sería un shock total, está claro. El caos más absoluto se apoderaría de nosostros dando paso a la histeria, el pánico y la desorientación. ¿Qué haremos ahora sin nuestro coche, nuestra casa, nuestra tarjeta de crédito? Los ahorros de nuestra vida, esos por los que tantas veces hemos agachado la cabeza; ¡no ha servido de nada el sacrificio! Anda, pero si es lo que ya ocurre cuando un gobierno se pasa de listo y no sólo se juega tus bienes sino que además, los pierde sin ningún reparo.
Pero, volviendo a la hipótesis, a la posibilidad de que pasara de verdad, es seguro que en un periodo de tiempo indefinido encontraríamos la manera de seguir adelante, es más, de empezar de nuevo y dejar atrás el patético, injusto y ya de por sí autodestructivo mundo que hemos construido. Nuestros cimientos por desgracia son el expolio, la opresión y el abuso de poder; nuestro desarrollo, la explotación de recursos naturales agotables, tesoros adquiridos a cambio de nada y en los que nos cagamos incesantemente, y un bonito modelo de sociedad de bienestar en el que no sabríamos hacer ni la O con un canuto sin la ayuda de un electrodoméstico o de Google.

Hace tiempo, dándole vueltas a esto del mundo en el que vivimos, el mismo en el que existo más o menos feliz y que a veces me parece un auténtico estercolero lleno de cucarachas, se me ocurrió que la única solución era reiniciarlo. Me refiero a que está tan podrido, tan corrompido ya que lo único que se puede hacer con él es sacrificarlo para así darle una nueva oportunidad. Ya sé que es algo horrible y no es que yo quiera que desaparezcamos todos pero sí pienso, admito más bien, que nos lo tenemos merecido por creernos más listos y más especiales que nadie. "No somos especiales, somos la mierda andante y danzante de este mundo". Ahora sé que sifnifica que a menos que empecemos a ser humildes, estamos condenados a ser individuos fácilmente controlados y en definitiva, esclavos que se creen con una inteligencia superior. Eso sí que es triste y denigrante. Pues bien, tanto darle vueltas y resulta que ya se me habían adelantado buscando una solución simplemente perfecta, tan transgresora y bella que se ha convertido para mí en la utopía mejor planteada de todo el universo. De tal modo que llega a parecernos incluso realizable (tomo aliento).

Ahora sólo necesito el valor de despojarme de todas mis cosas, de las rutinas que hay en mi vida dependientes del uso de recursos creados por la sociedad moderna; tomar conciencia de quién soy y de qué es lo realmente necesario para vivir como un ser humano; y perder el enraizado miedo a cada peligro u obstáculo que pueda surgir en el transcurso de la vida. O eso o a Brad Pitt.

-El club de la lucha. David Fincher-

viernes, 16 de septiembre de 2011

Aquí mando yo


"Sólo obedecía órdenes". Esta es la inocente afirmación tras la que se excusaron la mayoría de los dirigentes nazis durante los juicios por crímenes contra la Humanidad, al escuchar la constante pregunta "por qué". ¿Por qué? ¿Por qué toda esa esa violencia, humillación, deshumanización y ensañamiento? A lo que casi todos respondieron que eran sólo unos mandados. Uno de los más destacados fue Adolf Eichmann, alto responsable del Holocausto y condenado a muerte en Jerusalén durante los años 60. De acuerdo con un trabajo de Paula Sayavera (Kind Sein Magazine), Eichmann expresó su sorpresa ante el odio que le mostraban los judíos, afirmando que él sólo había obedecido órdenes, y que obedecer órdenes era algo bueno. Se demostró durante el juicio que era un hombre normal e incluso aburrido, que no tenía nada en contra de los judíos.
¿Dónde está la línea entre la sumisión, la obediencia y el cuestionamiento de las cosas que pasan a nuestro alrededor? ¿Hasta que punto debemos obedecer sin rechistar y delegar la responsabilidad de nuestros actos en aquel que nos los ordena? Perdonen pero no, la mano ejecutora es la nuestra.
Para no perder la tónica general, ya me he ido por las ramas. "El experimento" es la cinta que hace brotar todas estas preguntas a la vez que dudas y, por qué no admitirlo, miedo también. En realidad es auténtico pavor al comprobar que cualquiera, da igual lo normal que parezca, divertido, tímido o extrovertido, bondadoso, cualquiera es capaz de exponer su lado más inhumano, cruel y sanguinario. De ahí el pavor, porque eso significa que todos lo llevamos dentro, latente, callado e imperceptible; o lo que es más fácil de entender, no se necesita tener un aspecto monstruoso para que el monstruo exista. Sólo necesitamos vernos inmersos en una serie de circunstancias extremas, que supongan algo radical y totalmente desconocido a lo que estamos acostumbrados, que mantenga en vilo nuestra integridad, supervivencia o tan sólo nuestra imagen hacia los demás. Entonces, sólo entonces, veremos de qué somos realmente capaces. Creemos que nos conocemos, que sabemos nuestros límites pero esta película nos hace ver que no es cierto y esto sucede en ambas direcciones; me explico. No sabemos hasta qué punto somos capaces de aguantar una humillación, hasta cuándo seríamos capaces de someternos a la voluntad de otra persona, hasta que lo experimentamos. Los mismo sucede en el caso de la autoridad. No tenemos ni idea de hasta dónde podríamos llegar con algo de liderazgo y poder en nuestras manos. ¿Cuál sería el límite si nos dan permiso para usar ciertos métodos autoritarios sobre un grupo de personas con el simple e inofensivo fin de mantener el orden entre ellos? ¿Seríamos capaces de pegar? ¿Vejar a alguien? ¿De matar?
Dios santo, no, ¿qué somos, animales? Sin embargo, algo nada grave ni malintencionado si podríamos hacer para lograr un poco de respeto, sólo para que aprendan que deben ser obedientes y pacíficos, no pretendemos que sufran ni nada parecido. Digamos que simplemente les rapamos la cabeza. Es algo completamente indoloro y reversible, en dos semanas estará como siempre. Qué ínfima es la línea que separa a la persona del monstruo. De eso nada. Son actos que a simple vista no tienen mayor importancia pero sí que la tienen. Son retorcidas, inteligentes y muy antguas las técnicas que ayudan a mermar la personalidad de alguien, en este caso, su indentidad. ¿Por qué pensamos que rapan a los soldados cuando ingresan en el ejército; o por qué lo harían en los campos de concentración nazis? ¿Y qué hay de Guantánamo? Sólo son algunos ejemplos pero muy representativos. La respuesta es que, de esta manera, se está violando su derecho al libre desarrollo de la personalidad, afectando a su dignidad humana. Así es mucho más fácil hacer que alguien se torne sumiso, quitándole sus señas de identidad, ya que estas son las que le dan fuerza para reafirmarse y resistirse. En cambio, si no te reconoces, si estás confundido en cuanto a quién eres, si te ves parte de una masa uniforme y alienada te será mucho más difícil cuestionarte si las cosas no deberían ser así. Y este es sólo un ínfimo ejemplo del interminable abanico de posibilidades creadas con el objetivo de acabar con la dignidad, la inteligencia y el carisma de una persona para convertirla en una criatura dócil y fácilmente manipulable.
Se repartieron los roles, y no creo que de manera azarosa, entre ese grupo de hombres normales, ociosos y civilizados. Seis de ellos serían los guardias de esa cárcel de juguete y el resto, unos diez o doce, los presos. Sólo se trataba de mantener el orden y claro, observar las reacciones de todos. En definitiva, se estaba realizando un estudio sobre el comportamiento humano ante una situación así. A los cuatro días de su comienzo, el experimento estaba totalmente fuera de control.
Se empleó la violencia, la humillación y brillaba por su ausencia el sentido común. Lo que importaba allí era el poder, demostrar la supremacía de unos sobre otros pero aun flotaba en aquel enrarecido ambiente algo peor; hubo quien disfrutó con aquel juego tan cruel. Por fin se sentía respetado, por fin dejó de sentir vergüenza de sí mismo y comenzó a notar los placeres que le desveló una pizca de poder. Y qué dulces las mieles de sentirse importante, admirado e incluso temido. Ahora nadie se atrevería a burlarse de su mal olor corporal, de su fracasada vida sentimental y de su extraña y esquiva forma de ser; ahora además le obedecían. Qué mal lo debieron pasar, por ejemplo, Franco y Hitler durante la infancia, tuvo que ser realmente duro ser el blanco de todas las risas y rechazos para que decidieran pagarlo con millones de personas. Cuánta humillación soportarían todos aquellos "individuos" que necesitan pisar a una mujer para sentirse más hombres o aquellos componentes de cuerpos de seguridad que desatan su furia e irracionalidad contra inocentes porque nunca les enseñaron a hablar. A esto nos referimos, a que el ser humano no es malvado por naturaleza, sino que aprende a serlo y si encima cae en sus manos un poquito de poder, entonces sálvese quien pueda.
No importa lo pacíficos, extrovertidos, afables y en resúmen, normales que aparentemos ser. Nunca sabemos a ciencia cierta qué nos dictarán nuestras voces interiores en una determinada situación límite o lo que es peor, no tan límite. Y sobre todo, hay que tener mucho cuidado con nuestro propio comportamiento hacia los demás porque sin darnos cuenta estamos dejando un pequeño legado en cada persona que nos rodea y en un futuro actuarán de acuerdo con las experiencias acumuladas en su vida. Es decir, no vayamos jodiendo a nadie por ahí porque nunca se sabe si estamos entrenando a un malnacido para el futuro.
Pretendía acabar reflexionando sobre la inmensa precaución que debemos tener a la hora de otorgar a determinados individuos el uso "racional" de la autoridad pero me invade desde hace tiempo la ligera sospecha de que los gobiernos, máximos responsables de los cuerpos de seguridad del Estado, o quienes sean, eligen personal no demasiado inteligente, capaz de acatar órdenes sin apenas plantearse si son correctas o que disfrutan de lo lindo con el hecho de representar figuras de autoridad. Y si hay que soltar una hostia de vez en cuando y siempre que sea absolutamente necesario (percíbase el sarcasmo), pues se suelta. Si no lo vemos claro, recordemos incidentes acontecidos no hace mucho en Barcelona primero, luego en Madrid, también en Málaga y demás ciudades españolas levantadas contra el choriceo descarado que venimos padeciendo.
En fin, mucho ojo.

-El experimento. Oliver Hirschbiegel-